viernes, 31 de agosto de 2007

Excursiones de la Institución Libre de Enseñanza


En el Boletín de la ILE número 871 del año 1932 aparece la nota de la excursión realizada por los alumnos de la ILE el 4 de mayo de 1924. La nota está escrita por José Giner Pantoja (a la izquierda en la fotografía), hijo de Alberto Giner Cossío y futuro Vocal-Delegado del Patronato del Orfanato Nacional de El Pardo, y José Ontañón (en la fotografía, la persona de la derecha). El texto dice:
"Excursión que muchas veces se ha repetido, y que generlamente, hacemos en primavera o en otoño, porque en estas estaciones es cuando más se goza de la Naturaleza, que tan espléndida se mestra, con pródiga variedad, en todo el recinto de este bosque, cuya mancha de encinas se extiende desde la Sierra hasta las puertas de Madrid.
Casi siempre se hace un paréntesis en el día de campo para visitar el Palacio, la Casita del Príncipe y el Convento del Cristo.

En este día, salimos a las nueve de la mañana y llegamos a pie hasta el pueblo.

Palacio
. Es el más viejo de los palacios reales que conservamos, aunque la obra actual no comienza hasta mitad del siglo XVI. El Pardo ya fue coto de caza en el XIV, y se cita en el Libro de la Montería, de Alfonso XI. No hay datos de que en este tiempo hubiese palacio; pero sí sabemos que Enrique III, a comienzos del XV, levantaba uno en este mismo lugar. A él acaso corresponda el foso, que aun subsiste. La edificación primitiva, que debió reformarse en sucesivas ocasiones, especialmente por los Reyes Católicos y Carlos V, fue demolida, por orden de éste, para hacer una de nueva planta, en 1543. Luis de Vega hizo los primeros planos, y la obra continuó en manos de Antonio de Segura, Diego Sillero y Pedro García de Mazuecos. Terminábase en 1558, y la decoración interior correspondió toda al tiempo de Felipe II, perdida casi en absoluto en un incendio en el año 1604. Francisco de Mora, en tiempo de Felipe III, repara el edificio, y Carlos III, en 1772 encarga a Sabatini la ampliación, en otro tanto, del palacio, que era reducido para toda la Corte. En tiempos de Carlos IV y Fernando VII se amuebló de nuevo y se pintaron nuevos frescos que sustituyeron, salvo el magnífico que se conserva de Gaspar Becerra, a los de los Caxés y Vicente Carducho, mutilados en el fuego algunos y desaparecidos en el otros. Bayeu, Maella, Zacarías Velázquez, Gálvez y Ribera reemplazaron con sus pinturas neoclásicas a las ya indicadas. Sabido es que la mayor riqueza de este palacio es su colección de tapices, algunos del XVII, y, en su mayoría, del XVIII procedentes, casi en su totalidad, de la fábrica de Santa Bárbara, y hechos por los cartones de Goya, Bayeu y Maella, entre los españoles, y Wouweman y Teniers entre los extranjeros.
La fachada primitiva es la de poniente, entre dos torreones de ángulo, que ostentan sendos escudos de Carlos V, y luce una puerta sencilla del Renacimiento, con la cartela de la dedicación y la fecha de 1543, antes señalada.
El piso bajo conserva la serie de rejas del recacimiento (sic) que debió tener todo él, y que fueron sustituidas por los balcones actuales con la reforma de Sabatini, en tiempo de Carlos III.
El resto del exterior no ofrece ningún detalle de interés, salvo la línea general neoclásica, que el siglo XVIII imprimió a toda la obra, tanto nueva como vieja.
Al interior, hay tres patios: el primitivo, el de poniente, con sólo dos galerías opuestas de columnas jónicas y arcos rebajados, de un segundo Renacimiento. Las galerías altas, que eran adintaladas, con columnas y zapatas de granito, han sido tabicadas en los arreglos posteriores. Dos escaleras, en los ángulos de este patio, tienen algunos cuadros de interés. En la primera, existe el famoso retrato ecuestre, de D. Juan de Austria, el hijo de Felipe IV, que tradicionalmente se atribuía a Ribera, aunque sólo es obra curiosa de su escuela, y un lienzo de D. José de Madrazo, típico por su neoclasicismo, La muerte de Lucrecia. En la segunda, se ve el mediocre retrato ecuestre de Fernando VII y D. Carlos María Isidro.
De todos los techos pintados en los salones, el de la torre sudoeste es el de más importancia, por ser la única obra pictórica conocida de Gaspar Becerra, ejecutada por encargo de Felipe II. Representa escenas de la vida de Perseo, divididas en diferentes cuadros, entre renacientes estucos. Por desgracia, este salón fue convertido en cuarto de baño, y es de esperar que ahora vuelva a su primitivo estado.
En el lado norte, el salón que da al patio viejo también conserva techo pintado a comienzos del XVII, y un tercero, que subsiste en un salón cuadrado, cerca del gran comedor, es también de esta época, y su compartimiento central representa la rendición de Granada.
De todos los demás techos que, como se ha dicho, corresponden al fin del XVIII y comienzos del XIX, el más fundamental es el de Bayeu, del Salón de Embajadores, obra de 1774.
El mobiliario, casi en su totalidad, corresponde a los reinados de Carlos IV y Fernando VII, es decir, a los estilos franceses de Luis XVI e Imperio. Las sederías, de fines del XVIII también, son de Talavera y de Valencia; algunas, ejemplares magníficos, como la azul del saón que fue alcoba de la reina y la amarilla del Salón de Embajadores.
Completan el conjunto las porcelanas de Sèvres y del Retiro, y una gran colección de relojes de bronce dorado y de arañas de cristal de roca y bronce.
Los tapices, como se dijo antes, constituyen el principal interés del palacio. Su número es grandísimo, y decoran los muros de todos los salones. En la alcoba de Alfonso XII existía el única ejemplar del cartón de La gallina ciega, de Goya, y que se llevó al palacio de Madrid, y en el gran comedor y los salones que unen el de Embajadores con la galería del teatro, se muestran El pelele, Las floristas, La cometa, Los bandoleros, El quitasol y Los Perros, entre otros, del mismo.
En el Salón de Embajadores, frente a Los zancos y La nevada, de Goya, El juego de bolos, El choricero y El hombre del clavel, de Bayeu. En la cámara de la reina, y en los salones de poniente, están los más famosos de Teniers.

La Iglesia parroquial, unida al palacio por un arco de la época de Fernando VII, es de interés secundario. Obra de Carlier, guarda sobre sus altares cuadros neoclásicos de Juan Peña.

La Casita del Príncipe es un ejemplar muy armónico del reinado de Carlos IV. Está levantada aún en tiempo de Carlos III, aunque la decoración corresponde a su hijo. Tiene sólo piso bajo, y su ingreso es un modesto pórtico de dos columnas jónicas, con un escudo encima, y en él un gracioso enlace de todas las letras del nombre Carlos. Consta el interior de ocho salones, pintados al fresco por Bayeu y Maella, recubiertos sus muros por sedas y terciopelos valencianos. El vestíbulo es un notable ejemplar de neoclásico de estucos, con figuras de relieve en blanco, del estilo de Roberto Michel, y la rotonda está decorada con mármoles de colores.

El Convento del Cristo, a un kilómetro, en el lado opuesto del Manzanares, es fundación de Felipe III. Su exterior carece de interés. Lo tiene, y bien grande, la vista de Sierra, que se domina desde la esplanada de ingreso, con la silueta de Colmenar Viejo y la Sierra de San Pedro a la derecha, y el Cuchillar de Torrelodones a la izquierda.
Sobresalen en el interior las pinturas y la efigie del Cristo. Esta es obra de Gregorio Hernández, hecha para Felipe III; un buen ejemplar de la escuela vallisoletana. El cuadro del altar mayor lo hizo Francisco Rizi, por encargo de Felipe IV, en 1650. Representa la Virgen de los Ángeles y, en la parte inferior, San Felipe y San Francisco. En la Capilla Mayor, hay una Virgen del Consuelo, que perteneció a Felipe III, y que es una obra italiana del siglo XVI. Está ahora pegada en otro lienzo, donde se pintado a este rey, en adoración. Lucas Jordán tiene un San Fernando, y la escuela valenciana, un San Onofre, excelente ejemplar tenebrista.

El resto del tiempo lo pasamos remontando el Manzanares hata la altura de la Fuente del Angosto (2 Km.); comimos a la orilla del río y regresamos a Madrid en un autobús público a las siete de la tarde."

domingo, 19 de agosto de 2007

El Real Sitio de El Pardo, por Francisco Giner de los Ríos

Francisco Giner de los Ríos en el Monte de El Pardo

Giner de los Ríos frecuentó mucho El Pardo, acostumbraba a venir todos los domingos con algunos de sus discípulos desde la Institución Libre de Enseñanza (Paseo del General Martínez Campos). Pasaba el día en el Monte (en la imagen sentado en un taburete) y por la tarde se acercaba a casa de su primo Alberto Giner y su esposa Tomasa Pantoja, en los Asilos de San Juan y Santa María. Allí se acercaba y organizaban tertulias.

En 1883 publicó un artículo titulado "El Real Sitio de El Pardo" en la revista La Ilustración Artística que reproducimos a continuación:

"El Real Sitio del Pardo es un gran parque de caza, propio de la Corona y situado al norte de Madrid, siguiendo el curso del Manzanares que lo atraviesa. Extiéndese desde las tapias de la Casa de Campo a la orilla derecha del río, por una parte, y desde las de la Moncloa o Florida (hoy Escuela de Agricultura) a la izquierda, por otra, hasta el punte o cerro de la Marmota (término de Colmenar Viejo), que se levanta ya en la misma base de la sierra de Guadarrama, y donde se despeña el Manzanares, este mismo Manzanares que todos conocemos, tan liso y tan manso, formando una hirviente cascada de blancos verdosos encajes.

En esta dirección, o sea de norte a sur, mide El Pardo una longitud aproximada de 20 kilómetros, por unos 14 de ancho, que viene a contar de este a oeste; 80 kilómetros de circunferencia y 200 kilómetros cuadrados en total.

Este hermosísimo parque, último resto casi, con la Viñuela, la Escorzonera de Remisa, el monte de Boadilla y algún otro manchón insignificante, de la espléndida selva que un tiempo rodeaba a Madrid y que el atraso, la preocupación y la ignorancia han ido talando y reduciendo hasta dejarla transformada en una pobrísima tierra de pan llevar, ofrece todavía, gracias a haberse librado de las imprudencias de la desamortización, un admirable paisaje, donde el sombrío verdor de las encinas, la esmeralda de los pinos, la plateada seda de las retamas, las zarzas, jaras, rosales, espinos, sauces, fresnos, chopos y álamos blancos, cuyo pie alfombran con inagotable profusión el tomillo, el cantueso, el romero, la mejorama y otras olorosas labiadas, que huellan sin cesar gamos y conejos, forman una vista grandiosa, coronada por la vecina sierra con su cresta de nieve en invierno, sus radiantes celajes en el verano, y en todo tiempo con su imponente masa y graves tintas.

Un poco más acá de la mitad de su longitud, y la margen izquierda del río, se halla situado el palacio, rodeado de unas cuantas casas, las más de ellas con ese aspecto triste, ese color seco y esa suciedad y mal cuidado que son característicos de los pobres pueblos de Castilla, los menos risueños, pintorescos y aun rurales, si vale la expresión, de todo el orbe. Hasta la puerta de este palacio llega la carretera, paralela al río por la margen dicha y que en el Puente de San Fernando (a siete kilómetros de la Puerta del Sol) arranca de la general de la Coruña y brinda las más hermosas perspectivas en todo su trayecto: como si la Naturaleza, piadosa con el hombre, a pesar del dicho del poeta

so che natura è sorda
che miserar non sà,

se esforzase por compensar con su gallarda pompa y lozanía el miserable aspecto de las pobres casuchas, cuya proximidad y vasallaje sufre impertérrito el decaído alcázar.

Fue éste edificado por Carlos V, de cuyo tiempo conserva parte de la fábrica, en especial el lienzo de Poniente, con su puerta y cinco lindas rejas, del estilo del Renacimiento, como otras cuatro de la fachada norte y los grandes escudos de las esquinas, con sus águilas y coronas imperiales. No subsiste, en lo exterior, mucho más que esto, por haberse quemado en 1604, pereciendo entonces, a lo que se dice, hermosos cuadros de Tiziano, Moro, Sánchez Coello y otros pintores de nota. El conjunto actual, reparado por Mora en el reinado de Felipe III y cuyo estilo, harto inferior, puede verse sobre todo en la fachada sur y en la cubierta del edificio, fue perfilado por Carlos III y presenta una masa de buenas proporciones –hijas del plano antiguo- mixta de castillo y palacio, circundada de un ancho foso y la calle, pone al palacio en comunicación con la capilla, de gusto neo-clásico y más insignificante todavía.

Entremos por la puerta de Poniente, surmontada aún por la inscripción cesárea al uso de sus fundador (Imp. Caes. Car. V.) – Tras del ancho vestíbulo, se abre un patio, que de los tres de palacio, es el que más vestigios guarda del siglo XVI; y subiendo la escalera de la derecha, se admira un hermoso retrato de don Juan de Austria, por Ribera, cuadro al cual no suele dársela toda la importancia que merece, y que es el único interesante que queda hoy en la casa; sin ofender a dos cacerías en el estilo de Voss, algún retrato y otros dos lienzos modernos de historia, a cuyos distinguidos autores hace bastante mal servicio la compañía del de Ribera, colocado entre ambos.

Las salas del alcázar sólo ofrecen algún interés desde el punto de vista del mobiliario y los tapices, salvo la pieza inmediata al salón principal, donde se conserva un techo pintado en el siglo XVI, quizá algo retocado después y ejecutado en el estilo clásico rafaelesco, si bien con cierto prurito de imitación arcaica. Las fajas que dividen los cuadros son muy curiosas. Los demás techos y algunos lienzos de pared pintados en la época de Carlos III hasta la de Isabel II, son por extremo flojos; el mejor es el de Bayeu, en el salón cuadrado.

A igual tiempo y estilo, esto es, al neo-clásico, corresponden los muebles y tapices, así como los bronces y porcelanas de Sèvres y el Retiro, y las arañas colgadas de las bóvedas. Casi todos los tapices y alfombras son de la fábrica de Madrid. Representa aquéllos los asuntos de costumbre, diseñados por Goya y demás autores de la época, o copiados de composiciones de Teniers, Vanloo y otros pintores flamencos y franceses; siendo de notar el cambio de estilo que los cuadros de estos últimos han sufrido (como los mismos tapices flamencos en las copias españolas del Palacio de Madrid) en manos del artífice, que en su telar ha sustituido los tonos vivos y un tanto agrios y falsos que caracterizan los vistoso productos de nuestras fábricas modernas, a los más neutros y blandos de los originales. Es curioso comparar con estos tapices los de otra procedencia; verbigracia, los de Dido y Eneas, que se encuentran en la primera sala, aunque no son de mucho mejor tiempo. Entre los modernos españoles, los pequeños paisajes aparecen quizá los más finos. En cuanto a las alfombras, son como siempre superiores, verdaderamente regias.

Visten las paredes de otros cuartos y decoran en cortinajes y mamparas los huecos, sedas de Talavera, hermosísimas por su calidad, dibujo y entonación. Entre los muebles, pueden citarse los sillones barrocos de la sala segunda, todos los del gran salón, sencillos, clásicos y de damasco carmesí sobre armaduras blancas y doradas; el sillón del despacho; los sofás del duodécimo salón; los bronces franceses de esta misma pieza, alguna araña y una o dos mesitas. Las porcelanas son muchas, pero de poca importancia: la mayoría son pequeños bustos de biscuit y vasos dorados y pintados. El salón-teatro no merece la atención más pequeña.

En cuanto a muebles, no es, sin embargo, el palacio lo más interesante del Pardo, sino la Casita del Príncipe, pabellón erigido por Carlos IV a unos 300 metros del alcázar, hacia el norte sobre el camino de Colmenar, y dotado de un pequeño jardín. Es una de esas construcciones, eminentemente fastidiosas, de que el gusto dominante en las Cortes a principios del siglo ha poblado nuestros Sitios Reales y aun las principales residencias campestres de los cortesanos de aquel tiempo. Pero, aparte de esto, no hay quizá en España otra colección de muebles neoclásicos tan importante. En especial, el penúltimo gabinete, vestido de seda bordada con dibujos y sobrepuestos al modo de las decoraciones romanas y pompeyanas, presenta en sus lindas sillas y mesitas, los más elegantes y ricos ejemplares, superiores a los de otro gabinetito, forrado de raso blanco con las fábulas de Lafontaine bordadas en colores y que, a pesar de citarse como el capo di lavoro de la casa, es de bastante mal gusto. Las arañas son todas lujosas y muy características.

En estilo análogo, aunque mucho más modesto, se hallan arregladas otras dos casas de campo dentro de la regia posesión: la Quinta y la Zarzuela. La primera está situada al sureste del alcázar y pueblo, a la orilla izquierda del Manzanares y en medio de un olivar, mezclado de viña; la segunda, famosa por haber dado nombre al género de obras lírico-dramáticas que todavía nos envenenan y reducida a la más humilde condición, se encuentra, por el contrario, al suroeste, a la margen derecha del río y cerca ya del último cuartel, o sea, Plantío de los Infantes. En una y otra casa, hoy desguarnecidas y punto menos que abandonadas, se ven todavía figurillas y grupos de porcelana, probablemente del Retiro, muchos de ellos enteros y dignos de mejor suerte. La parte del monte desde el Palacio de la Zarzuela, es una de las más pobladas de arbolado, junto con la del camino hacia la sierra y Marmota, formando los más pintorescos sitios de aquel hermoso paisaje.

Este paisaje, el retrato de Ribera, los muebles de la Casita, bien valen la pena del agradable y corto paseo que hay de Madrid al Pardo. Los demás es de escasa importancia; pero cualquiera de esas tres cosas, cada una en su género, paga con creces la molestia que la gente muelle y perezosa –la que en nosotros más se estila- necesita tomarse para verlas."

sábado, 18 de agosto de 2007

Juan Ramón Jiménez y La Quinta

Juan Ramón Jiménez fotografiado en La Quinta por Juan Guerrero Ruiz el 6 de agosto de 1931 publicada en: Juan Ramón Jiménez, Premio Nobel 1956 [en línea], Madrid, CSIC, 2006, en

http://www.residencia.csic.es/jramon/exposicion/obra
/seccion/obra_65.htm] (consultado el 23/07/2007)


Juan Guerrero Ruiz en Juan Ramón de viva voz narra la actitud del poeta durante esta visita a los jardines del Palacio de La Quinta:
"Llegamos a la casa y jardines que hasta hace tres meses eran el lugar predilecto del Príncipe de Astur ias, y con vivo contento vamos recorriendo los solitarios jardines, donde hay unos magníficos pinos, soberbios ejemplares de árboles centenarios; hay en todo un ambiente de aband ono y soledad que aumenta el extraordinario encanto del lugar. Juan Ramón nos lo va enseñando todo como si fuera el dueño, descubriendo la belleza de los árboles, rincones apacibles escondidos, fuentes de mármol y esculturas patinadas como si fueran ya granito..."
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El Jardín de la Casita del Príncipe

Jardín posterior de la Casita del Príncipe a comienzos del siglo XX
Esta imagen muestra cómo era la parte superior del jardín de la Casita del Príncipe. Actualmente se están acometiendo obras para devolver la fuente a su emplazamiento original y recuperar este espacio.

Moneda de Cartón



Durante la Guerra Civil el Consejo Municipal de El Pardo emitió varios tipos de monedas. Ésta, de 15 céntimos, la compré en ebay.

John Dos Passos en El Pardo

John Dos Passos durante sus estancias en España frecuentó el mundo de la Institución Libre de Enseñanza. Era amigo de José Giner Pantoja, hijo de Alberto Giner el Director de los Asilos.

Dos Passos en un par de obras menciona sus estancias en El Pardo. En Años inolvidables habla de la familia de José Giner:

"Pepe Giner era mi cicerone. Por la tarde, pasábamos a veces frente a la encantadora ermita de Goya a la que la expresión de Jefferson “arquitectura esférica” se aplica tan bien, y atravesando la llanura de encinas que constituye el fondo de los retratos de Velázquez, llegábamos hasta el antiguo pabellón real de El Pardo. El padre de Pepe, un médico retirado, era el conservador. Como Juan Ramón Jiménez, también él parecía pintado por El Greco. La madre de Pepe, siempre de negro, era una de las señoras devotas en los cuadros de monjas de Zurbarán. Tomábamos una especie de merienda-cena con ellos y regresábamos al oscurecer. El Madrid que veíamos alzarse en silueta contra el cielo del crepúsculo era todavía la ciudad que pintara Goya.

Los domingos nos levantábamos pronto para coger a las seis y media el tren de la Sierra. Me había incorporado a un grupo muy unido de montañeros. Pepe, que era un católico devoto, pero muy discreto, se levantaba una hora antes para ir a Misa".



En Rocinante vuelve al camino Dos Passos hablando de la muerte de Giner de los Ríos hace una descripción de El Pardo.

"Alrededor del Pardo, las encinas están desparramadas acá y allá, espesas y redondas copas de un azul verdoso, sobre las colinas que en verano son amarillas como ancas de leones. De Madrid al Pardo era uno de los paseos favoritos de don Francisco; pasada la cárcel, sobre cuya puerta está escrito un eco de sus enseñanzas: “Odia el delito y compadece al delincuente”, pasado el palacete de la Moncloa, con sus augustos jardines abandonados, tomaba un camino que atraviesa las posesiones reales, donde hay guardas con escopetas y carteles que dicen: “Cuidado con los cepos”; luego subía un collado, desde el cual se ve, hacia el norte, la sierra de Guadarrama, erguida contra el cielo: grises picachos de nieve sobre extensas colinas azules llenas de grupos de encinas, y, al fin, entraba en el pueblo con sus cuarteles y su arruinado convento y sus plátanos silvestres frente al palacio que Carlos V levantó. Fue bajo una encina donde yo estuve sentado una larga mañana, completamente solo, leyendo en revistas y textos de Derecho la vida y opiniones de don Francisco. El sol brillaba a ratos, y entonces las pegajosas matas de cistos, con sus brillantes flores blancas, despedían un olor acerbo. Luego soplaba una ráfaga de viento frío que traía de las laderas nevadas una indefinida fragancia de lejanías. A intervalos sonaba el tañido impertinente y quejumbroso de la campana del convento asentado en la colina frontera. Yo me devanaba los sesos leyendo un informe sobre el concepto filosófico del monismo (...)

Debajo de mi libro brillaban frondas de musgo, por entre las cuales pequeñísimas hormigas rojas hacían prodigios de alpinismo, mientras que a través de túneles pisoteados corrían secretamente largas hormigas negras, que resplandecían cuando la luz les daba. El olor de los cistos era intenso, cálido; un olor a especias, como el que se percibe de noche en las estrechas calles de una ciudad oriental. A lo lejos las montañas se escalonaban en zonas color aceituna, azul de Prusia, azul ultramar, blanco. Una ráfaga de viento frío volvió las páginas del libro (...)"

El Convento del Cristo


El Convento del Cristo de El Pardo fue fundado por Felipe III, a petición del capuchino Lorenzo de Brindis, enviado por el Papa para atraerse a la Monarquía Hispánica contra la Liga Protestante.

Brindis aprovechó su estancia en Madrid para pedir al rey que fundara un convento de capuchinos bajo la protección real. Pronto empezaron las obras y a los 2 años, en 1614, se inauguró el convento.

Al año siguiente el rey dona la Imagen del Cristo yacente realizada por Gregorio Fernández para conmemorar el nacimiento de su primogénito, Felipe IV, el Viernes Santo de 1605.

Ante la necesidad que tenían los frailes de suministro de agua, se decide cambiar la ubicación del Convento y en 1650 se inaugura en su nueva situación, que es donde se ubica en la actualidad.



En las últimas décadas el Convento ha sido objeto de obras que han tapado su vieja fachada.

Los Asilos de San Juan y Santa María

Los Asilos de San Juan y Santa María, también conocidos como Asilos de El Pardo, fueron una institución muy importante para la beneficencia madrileña de la segunda mitad del siglo XIX y primer tercio del siglo XX.
Fue Juan Moreno Benítez, Gobernador de la Provincia de Madrid, en 1869, quien decide fundar Asilos para recoger a los pobres que llenaban la capital. Para ello pide edificios para su instalación. Se le dan varios edificios en Aranjuez y en El Pardo. Aquí son los edificios Ballestería y el Cuartel de Guardias de Corps.

El 24 de junio de 1869 se inauguró el Asilo de San Juan, para hombres y niños, y unos días más tarde el de Santa María, para mujeres y niñas.
En esta fotografía de Marcos González se puede ver el Patio del edificio Ballestería donde se puede apreciar la placa de inauguración del Asilo.
Fue una institución modelo y durante muchos años estuvo dirigida por Alberto Giner Cossío, primo de Francisco Giner de los Ríos y pariente lejano de Manuel B. Cossío.
En 1931 Alfonso XIII decreta su pase al Estado y se transforman en el Orfanato Nacional de El Pardo, durante la Segunda República.

Presentación

Este blog pretende ser un acercamiento a la historia de El Pardo (Madrid) y está abierto a la participación de todo el que quiera.