sábado, 29 de marzo de 2008

Fin de la Sección Colombófila del Regimiento de Transmisiones

Hoy ha aparecido en ABC una crónica sobre el desmantelamiento del servicio de palomas mensajeras del Ejército de Tierra que tiene su sede desde 1920 en el Regimiento de Transmisiones.


El Ejército jubila a sus palomas
29-3-2008 02:57:04
El Ejército jubila a sus palomas

Un sencillo y corto acto sólo para militares acabó ayer de golpe y porrazo con siglo y medio de historia. Fue en Pozuelo de Alarcón (Madrid), donde tiene su base el Regimiento de Transmisiones 22. Un coronel del Ejército pronunció las palabras de despedida, agradeciendo el servicio prestado y recordando que las nuevas tecnologías están invadiendo el mercado. Las palomas ya no son lo que eran. Los cinco integrantes de la ya desaparecida Sección Colombófila del Ejército de Tierra soltaron las 300 aves mensajeras que entrenan y miman, alguno de ellos desde hace once años, y éstas, obedientes y disciplinadas como un soldado más, volaron juntas a casa, al palomar militar de El Pardo. La última misión. Hoy serán entregadas definitivamente a la Federación Española de esta disciplina.

«El Correo» adelantó en exclusiva el pasado diciembre esta noticia, que finalmente se ha hecho realidad. El Ejército, inmerso en un proceso de remodelación, tiene palomas mensajeras desde 1879, cuando creó su primer palomar en Guadalajara. En 1920 se trasladó a su sede actual de El Pardo, en Madrid. De éste dependían otros secundarios diseminados por todo el país que han ido desapareciendo paulatinamente, hasta hace un par de años, cuando cerró el penúltimo que quedaba, el de Sevilla.

Alguien podría pensar que es mal augurio esto de que el Ejército jubile a sus palomas. O a los superiores no le gustan las plumas o corren malos tiempos para el romanticismo. Los responsables de la Sección Colombófila, que ya esperan nuevo destino, reconocían en aquel artículo de hace tres meses su pena por la clausura. Decían no entender que el Ejército no tenga hueco para cinco militares y 300 pájaros. Porque están convencidos de que, en caso de destrucción de las comunicaciones, la única manera de enviar mensajes sería en las patas de esos animales. Además, destacaban la labor de «captación» que realizaban en muchos colegios, donde los niños veían así una cara amable del Ejército, alejada de tanques y bombas.

Ayer no hubo declaraciones. Y no habrá más palomas condecoradas, como la 46.415 que reposa disecada en el Museo del Ejército. Corría 1937, en plena Guerra Civil. 200 guardias civiles sublevados estaban sitiados en el Santuario de la Virgen de la Cabeza, en Jaén, junto a 1.200 personas. Aguantaron 256 días el asedio de los republicanos gracias a las palomas que les conectaban con el Gobierno Militar de Córdoba y suministraban información sobre cómo hacerles llegar alimentos. La 46.415 fue herida de bala y cayó. Arrastrándose llegó a su destino, entregó el mensaje y murió. Si hoy levantara la cabeza...

ISABEL IBÁÑEZ



Esta crónica hace referencia a otra anterior titulada "Militares sin armas" que publicó el diario El Correo en diciembre del año pasado.

lunes, 24 de marzo de 2008

Cofradía del Cristo de El Pardo

Después de dos intentos de Cofradía del Cristo llevados a cabo en la década de 1940, en este año 2008 se está haciendo un tercer intento.

El objetivo de la Cofradía será bajar en procesión el Cristo en Semana Santa.

Esta Cofradía va a estar abierta a todos. No importa el lugar de residencia, edad ni sexo. Para informarse hay que preguntar en la Panadería de Enrique, en la Plaza.

Agradecemos a Conchita Cortés López que nos haya facilitado estas fotografías de la procesión de este año.











sábado, 22 de marzo de 2008

Reportaje sobre la Guardia Real

El pasado domingo en el suplemento del diario ABC se publicó un reportaje sobre la Guardia Real titulado "La Guardia del Rey. Todo por su Majestad", que reproducimos a continuación.


La Guardia del Rey. Todo por Su Majestad

Junto al Rey deben estar los mejores. Lo dice el ideario de la Guardia Real, y es verdad. «Cantad bravos soldados de España la gloria de ser fieles guardias del Rey», proclama su himno y ésa es su primera y última razón, la que repiten como una letanía todos y cada uno de los 1.900 componentes de este regimiento de hombres y mujeres que, como dice a D7 su coronel jefe, Juan Antonio Díaz Cruz, «han visto en los ojos de Sus Majestades los Reyes el orgullo que sienten al observarles. Y cada uno de los guardias —subraya—ha sentido al desfilar delante del Primer Español que el Rey le miraba a él. Y eso lo compensa todo».
Es el estímulo que, por encima de todo, les mueve a sortear obstáculos, a no mirar jamás el reloj, a emplearse con la misma entrega en unas maniobras, en un relevo solemne en el alcázar madrileño, en una misión de escolta, en una empresa internacional en Afganistán o en Kosovo o en el servicio de una cena de gala en el Palacio Real con la que el Monarca agasaja a un jefe de Estado invitado. Por eso, cuando en el Cuartel «El Rey», donde los jardines se hacen uno solo con los del Palacio contiguo de El Pardo, se pregunta a cualquier uniformado por qué está ahí, por qué es guardia real, «por el Rey, para servirle lo más cerca posible», es la única respuesta, una contestación sin trampa ni cartón que no admite peros. Tal es así que bien podría decirse que lo que cunde a nuestro alrededor es sencillamente una epidemia por contagio.
Por ejemplo, José Francisco Belmonte, soldado —o mejor, guardia—, dejó su trabajo fijo en Málaga para a sus 27 años ponerse desde la Escuadrilla Plus Ultra, del Ejército del Aire, al servicio del Rey. El próximo día 19 cumple 33 años y cuando esta mañana pasa revista a los seis últimos se le ilumina la cara. «Es mi vocación. Aquí, si no te gusta esto, no pintas nada. Entré en el Grupo de Honores que, además, forma parte de la guardia de seguridad, y allí disfrute mucho con las maniobras y aprendiendo tácticas policiales. En este grupo se sale a misiones en el exterior y se trabaja mucho, pero te compensa. Ahora me siento útil trabajando en la oficina de captación o reclutamiento, donde informo sobre la Guardia Real y las Fuerzas Armadas en general. Llaman mucho —y aprovecha para dar el gratuito 900 23 44 00—, y lo hacen más hombres que mujeres, porque ellas son más decididas y se presentan directamente. Son personas de entre 18 y 23 años. Y todos quieren ser guardias reales para estar cerca de la Familia Real, que es a lo máximo a lo que puede llegar un militar, y también les anima la diversidad de cursos que se ofertan (desde protocolo a paracaidismo). Lo cierto es que hay muchas posibilidades para elegir: perros, motos, guardia y control militar, buceo, caballería, música...» Belmonte, con un contrato de larga duración hasta los 45 años, me dice que aspira a sacarse el graduado en ESO, alcanzar el empleo de cabo primero o cabo mayor permanente —«que es como ser un guardia civil en la calle»— y seguir «haciendo lo que me pidan. Siempre, todo por el Rey».
Todo por Sus Majestades, desde el último guardia hasta el coronel jefe, que cuando estas páginas vean la luz será ya un general del Ejército con otra misión lejos de la Guardia Real. Es por ello que cuando recién nacido marzo entramos en su despacho de El Pardo, las palabras del militar ya son un epílogo a los casi tres últimos años de su vida. «Una experiencia maravillosa, tremenda, en la que he tenido la suerte de mandar la mejor unidad militar», apostilla con rotundidad. Un regimiento que aglutina a representantes de los tres ejércitos y de los cuerpos comunes ante Su Majestad, y que está a disposición de la Casa del Rey, organismo encargado de apoyar a Don Juan Carlos como jefe de Estado en las misiones que le corresponden, del que constituye esta Guardia Real su parte militar. Su jefe es el de la Casa y, por delegación, el jefe del Cuarto Militar del Rey.
«Nuestra fuerza —declara el coronel Díaz Cruz— la constituyen hombres y mujeres de una dedicación, capacidad de trabajo, voluntad de servicio y devoción por Su majestad el Rey envidiables. Todos ellos han sido formados en múltiples disciplinas, por lo que no sólo reúnen muchos y variados conocimientos, sino que además están dispuestos a ponerlos en práctica. A nadie se le caen los anillos por nada. Cualquiera que esté en la Guardia Real debe estar preparado en lo que es su propio Ejército, de tal manera que el de la compañía de infantería debe actuar como un infante, el de la batería como un artillero, el de la Mar Océana de la Armada como un infante de marina o el del escuadrón de caballería debe tener instrucción como jinete, pero luego todos han de ser capaces de desfilar y de formar parte de un conjunto que rinda honores y de servir en las misiones de guardia militar cuando nos requiera el jefe de seguridad de la Casa de Su Majestad, tanto en las residencias donde se aloja la Familia Real o en El Pardo, cuando lo ocupa un jefe de Estado extranjero en visita oficial. Y además debe saber rendir honores, proporcionar escoltas motorizadas o a caballo, e incluso formar un séquito técnico que acompaña a estas comitivas y que, entre otros, está formado por un médico y un representante de la guardia para controlar las caravanas. Los equipos de montaña y el de buceo, para reconocimientos del terreno y del litoral, están a disposición de la seguridad de la Casa. Uno de nuestros lemas es combinar tradición, que se remonta 500 años atrás cuando el Rey Fernando el Católico armó a sus mozos de espuela con el arma de moda en la época, la alabarda, convirtiéndola en el nexo que hilvana la historia de los Reyes de España y su guardia hasta hoy, y modernidad, porque nos valemos de la última tecnología en armamento, las más vanguardistas técnicas y procedimientos para cumplir lo mejor posible los objetivos que tenemos asignados».
Las misiones
Cometidos entre los que figura, en primer lugar, como ya se ha apuntado, el de colaborar con la seguridad dando guarda militar, que es el más importante y en el que se empeñan todos los días los guardias reales; el segundo es el de dar apoyo a la Casa, proporcionando desde conductores, veterinarios, médicos, ordenanzas o incluso camareros o sumilleres; el tercero es el de rendir honores y proporcionar escoltas solemnes a la Familia Real, y el cuarto, dar estos mismos servicios a los jefes de Estado extranjeros en visita oficial a España.
De estos últimos, tras una década en la unidad y desde su puesto de apoyo directo en el alcázar, ya ha perdido la cuenta el cabo primero César Paz, cavero de Palacio. «Soy de infantería pero me daba igual el arma cuando me propuse entrar: sólo quería ser guardia real porque dentro de las unidades de las Fuerzas Armadas es la que me hace sentir más orgulloso. Así que puede decirse que soy nacido militarmente por y para la Guardia Real y hoy, como hace 10 años, no me veo sin la boina azul. La verdad es que pensándolo detenidamente no sé decirle de dónde me viene este amor por la Guardia Real, porque ni tengo familia ni tenía conocidos en ella. Imagino que soy un español —y de Ciudad Real— más, que quiere al Rey y que ha decidido trabajar y servirle un poco más cerca».
El cabo Paz ingresó en la unidad el 21 de noviembre de 1997, en Mantenimiento, y su primera misión fue la de trabajar como albañil. Poco le importó la argamasa de la que estaba hecho tal desempeño. Ya lo ha dicho el coronel: aquí no se le caen los anillos a nadie. El caso es que luego vio en la hostelería un afán donde llevar a cabo grandes empresas. Y se volcó en ella. Claro está, que sin dejar de hacer maniobras y sin descuidar su preparación de infante. En los diferentes bares y cantinas del destacamento fue labrándose un porvenir, alentado por su servicio como camarero en Palacio. Tenía 20 años y ganas de comerse el mundo. «Dos años después fui destinado al Cuarto Militar del Rey, donde estuve tres años, en los que me hice sumiller a través del Instituto de Formación Empresarial (IFE) de la Cámara de Comercio, el más prestigioso, y realicé cursos de maestre de sala o metre, en los que quedé primero de la promoción, lo que me situó mejor en mi posición en la cava de Palacio. Hoy en ese destino digamos que soy fijo-discontinuo, porque además estoy asignado al Negociado de Comunicación. Sus Majestades los Reyes y sus Altezas Reales los Príncipes tienen su propio servicio interno, lo que llamamos aquí los camareros de la Familia, pero que no participan en los actos oficiales; entonces, la Casa recaba apoyo a la Guardia Real o a restaurantes como Jockey u hoteles como el Ritz. Y ahí es donde participó yo, encargándome no solo del vino, sino de todo tipo de bebidas, calidades, exigencias, gustos o particularidades que quiere Su Majestad como pueda ser la temperatura del vino».
Cuántas veces sus compañeros le han dicho lo bien que podría ganarse la vida fuera del Ejército, pero Paz sigue en la Guardia. «Estar aquí me da una satisfacción que un restaurante o un hotel no me darían, aunque me pagaran mucho más. Mi lugar es éste. Trabajar en la cava es un atractivo añadido que me proporciona una cercanía extraordinaria a la Familia Real». De la que por otra parte, los guardias no dejan de recibir muestras de afecto y complicidad. La última más sonada: el ingreso de la infanta Doña Leonor en la guardería del cuartel.
Afán de superación, curiosidad y ganas de aprender son el motor de César Paz. Su mérito: salir con bien del más difícil todavía. Como cuando le sacaron del curso militar de cabo primero para formar a los camareros que habrían de servir el banquete de la boda de los Príncipes. «Tenía 180 aspirantes de los que al final presenté a 164. Fue una odisea de tres meses. No tenían ni idea y tenía que llegar a un determinado nivel. No se trataba tampoco de enseñarles los misterios de la hostelería sino de que aprendieran a servir a la francesa. La experiencia resultó excelente».
Me ha advertido antes de empezar a hablar que «ni con autorización de Zarzuela» me dice el vino que le gusta a Don Juan Carlos. Así que cambio de tercio: «¿Y a usted?» «Mi debilidad como sumiller —responde— es descubrir buenos vinos. Ahora trabajamos para dar a conocer distintas denominaciones de origen. Mostrar qué buen vino hay en el Bierzo, Alicante o Toledo. Mis últimas ansias de exploración van dirigidas hacia los vinos catalanes, ya sea un cava o un priorato. Y también a la revolución de los vinos que está produciendo el Nuevo Mundo, donde cada vez se pisa más fuerte y compitiendo a un nivel similar al nuestro». ¿El vino, cuánto más caro mejor?, interpelo. «Por encima de 60 euros, que ya es una barbaridad, no hay vino que valga. Otra cosa es el snobismo y lo que quiera pedir el bodeguero. Custodio López Zamarra, del que hay que hablar cuando se habla de vinos, ha dicho que conociendo lo que conoce y sabiendo lo que sabe sería de estúpidos beber vinos de más de 12 euros, y esos son los que hay que descubrir».
Las «otras» tareas de Estado
Luego, el cabo primero me habla de la tarea de Estado que significa «en otro orden» dar un buen servicio a los invitados del Rey, y cómo en esa misión están involucrados desde la sastra que viste con esmero a los camareros hasta el conductor que hace que llegues puntual a Palacio. Y me habla de gratitud a su destino como guardia real.
Hoy, cuando toca a su fin el del coronel al frente de esta unidad, también a Díaz Cruz, que aprendió antes a cantar el himno de la infantería y el novio de la muerte que a leer, le rebosa el corazón de agradecimiento hacia sus padres —él, también militar, que asistirá orgulloso al generalato de su hijo; ella, que lo velará desde la última morada adonde partió sólo cuatro meses antes del ascenso—, «que me inculcaron el amor a España y a su Ejército y me enseñaron la importancia de la verdad, del trabajo bien hecho y el respeto hacia lo que nos rodea, coincida o no con nuestra forma de ser o de pensar. Y todo eso procurando mantener siempre una actitud de optimismo. Después de una historia fraguada en tan variados destinos —Operaciones Especiales, Academia de Infantería, Escuela de Estado Mayor, Legión y Cuarto militar del Rey— sé que la suerte no hay que esperarla, hay que buscarla o, mejor dicho, perseguirla y amarrarla. Con la lealtad, entrega, optimismo, máxima preparación y el trabajo diario de los hombres que forman la Guardia Real la suerte está asegurada». Y la de Sus Majestades.

http://www.abc.es/20080316/domingos-domingos/guardia-todo-majestad_200803160245.html

jueves, 20 de marzo de 2008

Autódromo en el Monte de El Pardo

Julio G. Blanco del blog Historias de El Pardo nos ha enviado unas fotos sacadas de un reportaje de Nuevo Mundo sobre un autódromo creado en el Monte en 1930.


sábado, 15 de marzo de 2008

Real Sitio del Pardo. Inventario de todos los bienes, efectos y ganados pertenecientes a S.M. que existen en dicho Real Sitio

En el Archivo Histórico Nacional se conserva el fondo privado de la Reina Gobernadora María Cristina, viuda de Fernando VII, y de su marido el Fernando Muñoz, el Duque de Riánsares.

Dentro de este fondo está el Inventario General de las fincas rústicas y urbanas, ganados y otras propiedades y derechos que pertenecen a la Reina [Isabel] en la Casa de Campo y Reales Sitios del Buen Retiro, San Fernando y El Pardo, copiado por Agustín de Argüelles.

Aquí podemos encontrar inventarios de todas las propiedades de la Corona en El Pardo a mediados del siglo XIX.


Para su consulta hay que entrar en el Portal de Archivos Españoles (PARES), pinchar la opción "Búsqueda Avanzada", en Buscar escribir las palabras "El Pardo", en Filtrar por Archivo escoger "Archivo Histórico Nacional". Aparece otra opción (Clasificación) hay que buscar "4.2. ARCHIVOS PERSONALES Y FAMILIARES" y Fondo "Borbón, María Cristina de, Reina Gobernadora".

Nos interesa el segundo resultado, a la derecha aparece una figura de una cámara de fotos. En la casilla "O ver imagen nº" escribimos 150.

miércoles, 12 de marzo de 2008

Los secretos del Palacio de El Pardo

Reproducimos el artículo publicado en ABC el 13 de julio de 2004 sobre los frescos aparecidos de Gaspar Becerra en el Torreó de la Reina.

Los secretos del Palacio de El Pardo
TEXTO: ALMUDENA MARTÍNEZ-FORNÉS FOTOS:PATRIMONIO NACIONAL/
13-7-2004 02:13:16
Los secretos del Palacio de El Pardo

Cuatro años de meticuloso trabajo han permitido descubrir tras las capas de yeso unas bellas pinturas de tiempos de Felipe II desconocidas hasta ahora. Situadas en el Torreón de la Reina, sólo se tenía conocimiento de su existencia por los relatos del abate Ponz del siglo XVIII

MADRID. Los visitantes del Palacio Real de El Pardo tienen ahora una nueva parada en su recorrido por el histórico edificio. Se trata del Torreón de la Reina, una pequeña estancia renacentista de 35 metros cuadrados cuyas paredes y techo constituyen un verdadero tesoro histórico y cultural. Y es que éste es el único lugar del palacio que conserva la decoración original de Felipe II. En realidad, son los frescos más antiguos de los palacios españoles, anteriores incluso a los de El Escorial, según Patrimonio Nacional.

Mientras que las recién restauradas pinturas del techo, obra de Gaspar Becerra, eran perfectamente conocidas; los fragmentos que ahora pueden apreciarse en las paredes permanecían ocultos bajo las capas de yeso y aparecieron durante los trabajos de restauración. Sólo se sabía de su existencia por las impagables descripciones que el abate Ponz recogió en 1777 en su libro «Viage de España, o Cartas en que se da noticia de las cosas mas apreciables y dignas de saberse, que hay en ella».

El Torreón de la Reina ocupa el lado suroeste del palacio y en el ángulo de la fachada una labra con las armas del emperador Carlos V, quien impulsó la construcción de El Pardo, da fe de su antigüedad. Se cree que originalmente estuvo destinado a la servidumbre de alto rango de la Reina, de ahí su rica decoración. Pero lo más importante es que esta estancia se salvó del incendio que en 1604 redujo a cenizas el resto del palacio.

Sin embargo, el tiempo, los cambios decorativos y los avatares de la historia condenaron durante años al olvido a este Torreón, que incluso se utilizó durante una época como almacén y que sólo se pudo visitar durante poco tiempo, después de la apertura al público del palacio en 1976.

Tres años de investigación

Consciente del valor de esta pieza, Patrimonio Nacional empezó hace cuatro años un proceso de adecuación durante el cual aparecieron las pinturas originales de las paredes, que decoran las embocaduras de los balcones. Durante tres años, la conservadora del Palacio Real de El Pardo, Flora Marsá, se dedicó a investigar para no dejar lugar a la improvisación y todo el proceso de restauración ha costado 307.000 euros (unos 51 millones de pesetas).

Al parecer, el cambio de la decoración de este Torreón se produjo a finales del siglo XVIII, al descartarse la restauración de los frescos de los muros, muy deteriorados por la descomposición de los morteros y las capas de soporte.

Desde hace unos días, los visitantes pueden apreciar en el techo las pinturas renacentistas de Gaspar Becerra, que contienen nueve escenas de la historia de Perseo, enmarcadas con molduras y elementos decorativos.

Dos pintores

En cada una de las tres embocaduras de los balcones hay escenas bucólicas, flanqueadas por una ancha cenefa con representaciones de pájaros y entrelazado vegetal. Todas ellas son de gran calidad y extremada belleza. No obstante, las diferencias entre las escenas bucólicas y las representaciones naturalistas hacen pensar en que fueron ejecutadas por dos pintores.

Pero estos fragmentos de las pinturas originales no han sido el único descubrimiento realizado durante los trabajos de restauración. En una de las embocaduras, bajo la capa del enlucido sobre la que se pintó el fresco, ha aparecido también un alejo de 30 por 30 centímetros aproximadamente, correspondiente a una decoración más antigua aún que la de las pinturas. Los expertos de Patrimonio Nacional creen que la estancia estaba decorada inicialmente en un estilo castellano, con azulejos, y que se pasó a otro italiano, acorde con el gusto de Felipe II.

http://www.abc.es/hemeroteca/historico-13-07-2004/abc/Madrid/los-secretos-del-palacio-de-el-pardo_9622539697890.html

sábado, 1 de marzo de 2008

Ordenanzas de las Reales Alcaldías del Real Sitio del Pardo

Estas Ordenanzas de las Reales Alcaldías del Real Sitio del Pardo fueron publicadas en 1989 por el Licenciado Morilla Repegui, Bibliófilo Castellano.
Agradecemos desde aquía a Mari Paz Fernández Rueda que nos haya dejado una copia.