domingo, 25 de enero de 2009

Paisaje de El Pardo, por Luis Bello

Miguel Suárez nos envía un texto del periodista y escritor Luis Bello sobre el paisaje de El Pardo, publicado por la editorial Calleja en 1919 en el libro Ensayos e imaginaciones sobre Madrid:

PAISAJE DE EL PARDO
Sin embargo, la tierra de Maydrit no era sólo un muy real monte de cazar jabalíes en el invierno. Sería injusto no apuntar que en los nombres geográficos, en las indicaciones para las vocerías y las armadas, aparecen «las Viñuelas», «el Marhojal», con sus pastos; «el Colmenar», «los Alamos de Sancta María...» Esto, amplificado y considerado, no como excepción singular, sino como ejemplo, produce algún efecto. Pero ¿necesitamos los madrileños de hoy el Fuero Viejo de D. Alonso VII ni el Libro de Montería de D. Alonso XI para saber cómo eran la Dehesa, la Dehesilla, el fondón de los Ortos, el Madroñal?

¿Necesitaremos leer que había encinas y robles, quejigas y coscojos, que se carboneaban los montes y se explotaba ya la tierra pobre para los tejares? Merced a un caso único, que no se repite en ninguna otra gran ciudad, Madrid conserva vivo, y no en imagen, su pasado. Tanto son hoy los montes de El Pardo como podían ser antes de la algarada de Ramiro II. Matada la bravura del monte bajo, aclarados, podados, es cierto que entró en ellos la civilización; pero tímidamente, sin atreverse, por fortuna. Si no saltan aquellos jabalíes que medían 12 palmos de mano de rey, aun es hoy, entre todos los cotos de caza que existen en el mundo, el más próximo a una capital. No es raro en ellos el espectáculo, siempre maravilloso, de una alarma de gamos que cruza como racha de viento la carretera. El poder real ha encantado esos
montes. Los hurtó al ensanche de la villa, pero librándolos del hacha y de la profanación. No han llegado a la vulgaridad urbana de Salamanca o de Fuencarral, ni al contacto con aquellos abominables, fúnebres, estercólanos bordes del puente de Toledo y de la puente segoviana.

Salváronse en el siglo XIX de los años que van desde el 50 al 80, más terribles que la Edad Media, la invasión francesa y la revolución, y hoy dan a Madrid con su paradójico despoblado, un reposo señorial que no lograrán jamás las opulentas ciudades advenedizas. De este modo es El Pardo como parque de casa solariega; como arca tallada donde duermen, con los demás pergaminos familiares, las ejecutorias. Pueden ser destruidos en días de miseria o de locura, pero nadie los puede improvisar. Vosotros, españoles de cualquier rincón de España, tenéis una emoción plena de lo que fueron el suelo y el cielo de vuestra patria, sólo con andar cuatro pasos más allá de la Puerta de Hierro. Acaso os hiera la serenidad castellana, demasiado huraña, demasiado fría, pero vuestro pensamiento dominará al Madrid actual, sin carácter y sin época, trazándose un panorama de la historia de España en esta tierra sobria, decorada de encinas, robles y chaparros. Por ningún indicio podríais suponer que teníais cerca de vosotros el tráfico de una gran metrópoli si no os lo advirtieran vuestros cuidados y vuestras preocupaciones. Así, el valor y la virtud de El Pardo están precisamente en la soledad.

Pero hay algo más extraño y más paradójico aún que los montes. Quien no lo viera no podría imaginarse que a pocos kilómetros de Madrid vive aquel pueblecito serrano, con su plaza de soportales a la sombra —a la sombra fría y maléfica— del Palacio Real. Ese pueblecillo, aun viviendo tan cerca del mundo, pugna por escaparse y volver a la Sierra, resistiéndose a toda mudanza, desafiando los siglos. ¡No! No es Versalles, ciertamente; ni Compiégne, ni Montmorency. Sus callejuelas no tienen otra urbanización que la más rudimentaria de cualquier aldea. No han llegado el arte ciudadano ni la higiene; ni la industria y el comercio, ni siquiera ha procurado el interés particular hacer amable la estancia del viajero. Es simplemente una puerta tan tosca como lo requiere el monte a que da acceso. Y es también una prueba —la
primera prueba que encontráis al salir de Madrid— del temple de la Sierra, refractaria a la civilización y dura como el pedernal. Del río, que baja en lenta curva, de los árboles ribereños, de las colinas circundantes brota un viento de melancolía. Ahora ruedan las nubes cargadas de nieve. La tierra se empapa de humedad, y es pálida, cenicienta, la claridad del sol. Los chopos se alzan como fantasmas que volvieran de su conjuro alrededor del palacio y se miran turbiamente en el agua roja del Manzanares. Juegan los chiquillos, descalzos de pie y pierna, en la ribera. Camino adelante, sube despacio una pareja de la Guardia civil, y avanza desde el
pueblo, hacia los altos de la ermita, un cortejo de gente lugareña que se detiene al llegar al puente; el cura con su sobrepelliz, los monaguillos delante de una cajita blanca que llevan otros niños. ¡Dolor! ¡Dolor y miseria!... ¿No será mejor entrarse monte adentro y descansar el alma en la serenidad del cielo? Desde arriba, las colinas parece que se dan la mano con la Sierra. Líneas largas van marcando el nivel y pinceladas amplias el color. Árboles, matas y terrones repiten majestuosamente la misma nota de severidad y de agreste ímpetu...

¡Penetremos por las viejas dehesas, y si acaso suena el alarido de un tren nos parecerá que es la trompa de caza del rey D. Alonso de Castilla! Llegan desalados, feroces sus monteros y delante de la traílla van los alanos favoritos, cuyos nombres constan juntamente con sus hazañas: Artero, Ermitaño, Fragoso, Galaor...

miércoles, 21 de enero de 2009

Nuevas Postales de la editorial Hauser y Menet


Recientemente he adquirido estas postales editadas por la Fototipia Hauser y Menet. La primera muestra las Fondas que había en la Calle Alfonso XII, actual Avenida de La Guardia.

Las otras dos es la misma imagen de la fachada del Palacio y la Capilla de Palacio. Lo curioso es que aparecen tanto Marcos González como Daniel Álvarez como propietarios de los derechos. Imagino que primero uno de ellos hizo la foto (Marcos González) y el otro heredó su estudio y sus imágenes, y la volvió a editar (Daniel Álvarez).




domingo, 18 de enero de 2009

La Virgen de Nuestra Señora de la Paz

Originariamente Felipe III fundó el Convento de los Padres Capuchinos en la misma colina donde se encuentra pero un poco más abajo, en la actual huerta. Fue Felipe IV quien decidió trasladar el Convento a lo alto de la colina, esto es su ubicación actual, para poder disponer de agua con mayor facilidad.

El primitivo Convento pasó a convertirse en la Ermita de la Virgen de Nuestra Señora de la Paz (quizá su nombre se debe a algunas de las paces que se celebraron con Francia a lo largo del siglo XVII) y allí recibió culto hasta que la ermita amenazó ruina a mediados del siglo XVIII.

Con la ayuda de Miguel Suárez hemos localizado en la Gaceta de Madrid del 23 de febrero de 1740 la relación del traslado de la imagen de la Virgen de Nuestra Señora de la Paz al Convento.

En el Convento del Cristo la imagen de la Virgen recibió culto hasta su destrucción durante la Guerra Civil. Incluimos una fotografía de la escultura de la Virgen de un folleto publicado terminada la Guerra Civil.

lunes, 12 de enero de 2009

Nuevas imágenes de María Teresa Asenjo

María Teresa Asenjo nos envía más imágenes.

La primera es una foto que perteneció a su abuela María Vega Carmona en la que aparece El Cristo con la anterior urna que tenía.



La segunda foto es su abuela (la primera por la izquierda) con una compañera cuando servía en casa de Alberto Giner, Director de los Asilos, hacia 1916.




Y la tercera imagen es una copia del Carné de refugiada de su abuela, evacuada durante la Guerra Civil a San Carlos de la Rápita (Tarragona), junto con sus hijos.


sábado, 10 de enero de 2009

Festival Taurino en 1961

Benito Álvarez me envió estas interesantes fotos de un Festival Taurino Pro-Vivienda del Necesitado que se celebró el 21 de diciembre de 1961 junto a la Calle Brunete. Y el propio Benito y Miguel Suárez han aportado los siguientes datos:

Todavía no estaba construido el bloque que hay enfrente de la Colonia de San Fernando y todo era un descampado. Los mantones de los balcones los repartió el ayuntamiento.

La corrida se celebró el día 21 de diciembre de 1961, a las tres y media de la tarde. Fue presidida por el Jefe del Estado, Carmen Polo y los Marqueses de Villaverde.

El orden de actuación fue el siguiente: rejoneador Fermín Bohórquez, «Litri», «El Cordobés», rejoneador Álvaro Domecq (hijo), «Litri» y «El Cordobés». Los rejoneadores Fermín Bohórquez y Álvaro Domecq Romero cortaron cada uno dos orejas a sus respectivos novillos.

"Litri" cortó dos orejas en su primero y dos orejas y el rabo en el otro. «El Cordobés» las dos orejas a su primero y escuchó un aviso en el último.








domingo, 4 de enero de 2009

Artículo sobre el Instituto Llorente

El pasado día 31 El País publicó un reportaje de Rafael Fraguas sobre el Instituto Llorente titulado "Una mansión por descontaminar". Lo copiamos aquí:

http://www.elpais.com/articulo/madrid/mansion/descontaminar/elpepiespmad/20081231elpmad_3/Tes

Una mansión por descontaminar

El hallazgo de amianto y residuos farmacéuticos en unos laboratorios junto a la M-30 paraliza su rehabilitación por Patrimonio Nacional

RAFAEL FRAGUAS - MADRID - 31/12/2008

El reciente hallazgo de vestigios de amianto supuestamente cancerígenos entre los residuos inertes de unos laboratorios desahuciados hace 12 años de una mansión cercana a la carretera de El Pardo impide dar uso al edificio que ocupaban, de 120 metros de fachada, entre la M-30, el río Manzanares y el hipódromo de la Zarzuela, una de las zonas más cotizadas de Madrid.


Un tribunal dispuso mantener el utillaje para cubrir posibles indemnizaciones

En octubre fueron descubiertos los escombros de amianto soterrados

Su presencia impone. Parece un cottage inglés abandonado por propietarios patricios, tal vez un palacio escenario de episodios de horror o, quizás, una elegante clínica. Pero no. El gran edificio techado hoy de impecable pizarra, pararrayos de remate plateado y muros de color crema, esconde un sucio secreto: varias toneladas de residuos, hoy inertes, procedentes de los antiguos laboratorios del Instituto Llorente, una entidad farmacéutica que lo abandonó tras haber fabricado allí, durante siete décadas, vacunas y fármacos para usos humanos y veterinarios. El Instituto Llorente permaneció alojado en el gran edificio entre 1930 y el año 1997, en que abandonó sus instalaciones por desahucio judicial, explica Javier García Gallardo, arquitecto de Patrimonio Nacional. Ésta es la institución estatal que administra los bienes de la Corona y que es titular de los terrenos de las dos márgenes del cercano río Manzanares, como la parcela de 34.600 metros cuadrados que alberga la casona.

La salida de la entidad farmacéutica, hace una década, dejó un jardín lleno de residuos biológicos y el interior del edificio repleto de matraces, vasijas, tubos, hornos, arquetas y miles de objetos relacionados con su industria, caóticamente esparcidos por todas partes. Patrimonio Nacional decidió desalojar los residuos orgánicos del instituto farmacéutico que, en grandes proporciones, fueron enviados a Francia para su incineración. En 1999 reparó las cubiertas empizarradas del edificio, ya que mostraban algunos signos de derrumbamiento. Tras invertir un millón de euros, la tarea culminó 17 meses después junto con la sustitución de las cerchas del tejado por arcos metálicos que afianzaron sobremanera sus espléndidos áticos. "Solicitamos entonces una modificación del Plan General de Ordenación Urbana de Madrid que cambiara el antiguo uso industrial por otro de tipo cultural; tratamos de obtener autorización para una transformación volumétrica y superficial que lo adaptara a las funciones previstas para sus nuevos cometidos y fijar la superficie real en 10.800 metros cuadrados", añade. Todo se logró. En Patrimonio Nacional se previó trasladar al edificio del antiguo laboratorio algunos talleres de restauración artística que hoy se encuentran en el Palacio Real o bien algún otro departamento desplazable.

El jardín del enorme edificio del viejo instituto alberga 120 árboles, plátanos y abetos. En su parte posterior, un verdadero almacén de fragmentos de maquinaria inútil ocupa montones informes. "Como el desenlace del desalojo se vio acompañado de problemas laborales, un Tribunal de lo Social exigió mantener esos restos por si los trabajadores pudieran ser indemnizados o compensados con ellos", detalla García Gallardo.

Pero quedaban aún más sorpresas. Lo peor vino el pasado mes de octubre, cuando los responsables de Patrimonio Nacional descubrieron que el jardín albergaba bajo el suelo restos farmacológicos inertes mezclados con escombros que incluían fibrocemento, material de construcción que contiene amianto, de origen no conocido. Decenas de bidones que alojan los residuos se mantienen sellados sobre el jardín. ¿Son peligrosos? "Los frascos de vacunas u otros medicamentos no cobijan peligro", dice para tranquilizar al visitante el arquitecto Javier García Gallardo, "ya que ahora son inertes, pero, si los bloques cimentados se fragmentan o pulverizan, el polvo amiantado es cancerígeno", reconoce.

Un nuevo expediente medioambiental hubo de ser abierto, mientras Patrimonio Nacional espera una respuesta de la consultora URS para conocer la verdadera nocividad de estos residuos ahora embidonados y recibir instrucciones de las autoridades medioambientales sobre su tratamiento y neutralización. "A la espera del último dictamen, en el mejor de los casos podremos comenzar a aplicar el proyecto de adaptación previsto por Patrimonio Nacional en cuatro meses", subraya García Gallardo. La adaptación proyectada, de 18 millones de euros, prevé recobrar el palacio con una salas de exposiciones, talleres, módulos ... si los residuos hallados no muestran nocividad.

Vacunas en El Pardo

El edificio del Instituto Llorente fue construido en 1929-1930 y era una concesión real arrendada a la familia de farmacéuticos Megías. El arquitecto que lo proyectó fue Joan Boix i Ribó. Consta de dos plantas distribuidas en sentido norte-sur, de 10.800 metros cuadrados de superficie, con una única crujía con dos segmentos y un cuerpo central vertical. El conjunto se ve rematado por cubiertas de pizarra a dos aguas de una extensión de unos 2.200 metros cuadrados. Dos testeros de tres plantas perfilan sus extremos.

La fachada anterior está jalonada por un pórtico con columnas y pilastras de estructura metálica y revestimiento enfoscado que dibuja su fachada principal, que mira a la M-30 a la altura del punto kilométrico 24,9. El jardín circunda el edificio, cuya trasera tiene pabellones dedicados a cuadras donde se extraían componentes para vacunas. Detrás, un campo de golf, el río Manzanares y el hipódromo de la Zarzuela contrastan con el jardín lleno de bidones del viejo instituto.